Book: La Fontana de Oro
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29 LA FONTANA DE ORO
B. PEREZ GALDOS
[Illustration: ARS-NATURA-VERITAS]
MADRID 1921
Los hechos historicos o novelescos contados en este libro, se refieren a
uno de los periodos de turbacion politica y social mas graves e
interesantes en la gran epoca de reorganizacion, que principio en 1812 y
no parece proxima a terminar todavia. Mucho despues de escrito este
libro, pues solo sus ultimas paginas son posteriores a la Revolucion de
Septiembre, me ha parecido de alguna oportunidad en los dias que
atravesamos, por la relacion que pudiera encontrarse entre muchos
sucesos aqui referidos y algo de lo que aqui pasa; relacion nacida, sin
duda, de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable
periodo de 1820-23. Esta es la principal de las razones que me han
inducido a publicarlo.
B.P.G.
Diciembre de 1870.
INDICE
I.--La carrera de San Jeronimo en 1821.
II.--El club patriotico
III.--Un lance patriotico y sus consecuencias
IV.--Coletilla
V.--La companera de Coletilla
VI.--El sobrino de Coletilla
VII.--La voz interior
VIII.--Hoy llega
IX.--Los primeros pasos
X.--La primera batalla
XI.--La tragedia de _Los Gracos_
XII.--La batalla de Platerias
XIII.--No llega el esperado.--Llegada de un importuno
XIV.--La determinacion
XV.--Las tres ruinas
XVI.--El siglo decimoctavo
XVII.--El sueno del liberal
XVIII.--Dialogo entre ayer y hoy
XIX.--El abate
XX.--Bozmediano
XXI.--iLibre!
XXII.--El _via-crucis_ de Lazaro
XXIII.--La Inquisicion
XXIV.--_Rosa mistica_
XXV.--_Virgo prudentisima_
XXVI.--Los disidentes de _La Fontana_
XXVII.--Se queda sola
XXVIII.--El ridiculo
XXIX.--Las horas fatales
XXX.--_Virgo fidelis_
XXXI.--La reunion misteriosa
XXXII.--_La Fontanilla_
XXXIII.--Las arpias se ponen tristes
XXXIV.--El complot.--Triunfo de Lazaro
XXXV.--El bonete del Nuncio
XXXVI.--Aclaraciones
XXXVII.--El _via-crucis_ de Clara
XXXVIII.--Continuacion del _via-crucis_
XXXIX.--Un momento de calma
XL.--El gran atentado
XLI.--Fernando el Deseado
XLII.--_Virgo potens_
XLIII.--Conclusion
CAPITULO PRIMERO
#La Carrera de San Jeronimo en 1821#.
Durante los seis inolvidables anos que mediaron entre 1814 y 1820, la
villa de Madrid presencio muchos festejos oficiales con motivo de
ciertos sucesos declarados _faustos_ en la _Gaceta_ de entonces. Se
alzaban arcos de triunfo, se tendian colgaduras de damasco, salian a la
calle las comunidades y cofradias con sus pendones al frente, y en todas
las esquinas se ponian escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza
estampaba sus pobres versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el
pueblo no se manifestaba sino como un convidado mas, anadido a la lista
de alcaldes, funcionarios, gentiles-hombres, frailes y generales; no era
otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y
senaladas en los articulos del programa, y desempenaba como tal el papel
que la etiqueta le prescribia.
Las cosas pasaron de distinta manera en el periodo del 20 al 23, en que
ocurrieron los sucesos que aqui referimos. Entonces la ceremonia no
existia, el pueblo se manifestaba diariamente sin previa designacion de
puestos impresa en la _Gaceta;_ y sin necesidad de arcos, ni oriflamas,
ni banderas, ni escudos, ponia en movimiento a la villa entera; hacia de
sus calles un gran teatro de inmenso regocijo o ruidosa locura; turbaba
con un solo grito la calma de aquel que se llamo el _Deseado_ por una
burla de la historia, y solia agruparse con sordo rumor junto a las
puertas de Palacio, de la casa de Villa o de la iglesia de Dona Maria
de Aragon, donde las Cortes estaban.
Anos de muchos lances fueron aquellos para la destartalada, sucia,
incomoda, desapacible y obscura villa! Sin embargo, no era ya Madrid
aquel lugaron fastuoso del tiempo de los reyes tudescos; sus gloriosas
jornadas del 2 de Mayo y del 3 de Diciembre, su iniciativa en los
asuntos politicos, la enaltecian, sobremanera. Era, ademas, el foro de
la legislacion constituyente de aquella epoca, y la catedra en que la
juventud mas brillante de Espana ejercia con elocuencia la ensenanza del
nuevo derecho.
A pesar de todos estos honores, la villa y corte tenia un aspecto muy
desagradable. Mari-Blanca continuaba en la Puerta del Sol como la mas
concreta expresion artistica de la cultura matritense. Inmutable en su
grosero pedestal, la estatua, que en anteriores siglos habia asistido al
tumulto de Oropesa y al motin de Esquilache, presidia ahora el
espectaculo de la actividad revolucionaria de este buen pueblo, que
siempre convergia a aquel sitio en sus ovaciones y en sus trastornos.
Si fuera posible trasladar al lector a las gradas de San Felipe,
capitolio de la chismografia politica y social, o sentarle en el humedo
escano de la fuente de Mari-Blanca, punto de reunion de un publico mas
plebeyo, comprenderia cuan distinto de lo que hoy vemos era lo que veian
nuestros abuelos hace medio siglo. De fijo llamaria su atencion que una
gran parte de los ociosos, que en aquel sitio se reunen desde que
existe, lo abandonaban a la caida de la tarde para dirigirse a la
Carrera de San Jeronimo o a otra de las calles inmediatas. Aquel publico
iba a los clubs, a las reuniones patrioticas, a _La Fontana de Oro_, al
_Grande Oriente_, a _Lorencini_, a la _Cruz de Malta_. En los grupos
sobresalian algunas personas que, por su ademan solemne, su mirada
protectora, parecian ser tenidos en grande estima por los demas.
Aparentaban querer imponer silencio a la multitud; otras veces,
extendiendo los brazos en cruz, volvianse atras como quien pide
atencion: todo esto hecho con una oficiosa gravedad que indicaba influjo
muy grande o presuncion no pequena.
La mayor porte se dirigia a la Carrera. Es porque alli estaba el club
mas concurrido, el mas agitado, el mas popular de los clubs: _La Fontana
Se Oro_. Ya entraremos tambien en el cafe revolucionario. Antes
crucemos, desde el Buen Suceso a los Italianos, esta alegre y animada
Carrera de los Padres Jeronimos, que era entonces lo que es hoy y lo
que sera siempre: la calle mas concurrida de la capital.
Pero hoy, cuando veis que la mayor parte de la calle esta formada por
viviendas particulares, no podeis comprender lo que era entonces una via
publica ocupada casi totalmente por los tristes paredones de tres o
cuatro conventos. Imposible es comprender hoy la obscuridad que
proyectaban sobre la entrada de la Carrera el ancho paredon del
Monasterio de la Victoria por un lado, y la sucia y corroida tapia del
Buen Suceso por otro. Mas alla formaban en linea de batalla las monjas
de Pinto; por encima de la tapia, que servia de prolongacion al
convento, se veian las copas de los cipreses plantados junto a las
tumbas. Enfrente campeaba la ermita de los Italianos, no menos ridicula
entonces que hoy, y mas abajo, en lo mas rapido del declive, el Espiritu
Santo, que despues fue Congreso de los Diputados.
Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En lo mas bajo de
la calle se veia la vasta fachada del palacio de Medinaceli, con su
ancho escudo, sus innumerables ventanas, su jardin a un lado y su
fundacion piadosa a otro; enfrente los Valmedianos, los Pignatellis y
Gonzagas; mas aca los Pandos y Macedas, y, finalmente, la casa de Hijar,
que hasta hace poco ostentaba en su puerta la cadena historica,
distintivo de la hospitalidad ofrecida a un monarca. Quedaba para catas
particulares, para tiendas y sitios publicos la tercera parte de la
calle: esto es lo que describiremos con mas detencion, porque es
importante dar a conocer el gran escenario donde tendran lugar algunos
importantes hechos de esta historia.
Entrando por la Puerta del Sol, y pasado el convento de la Victoria, se
hallaba un gran portico, entrada de una antiquisima casa que, a pesar de
su escudo decorativo, grabado en la clave del balcon, era en aquel
tiempo una casa de vecindad en que vivian hasta media docena de honradas
familias. Su noble origen era indudable; pero fue adquirida no sabemos
como por la comunidad vecina, que la alquilo para atender a sus
necesidades. En dicho portal, bastante espacioso para que entraran por
el las enormes carrozas de su primitivo senor, tenia su establecimiento
un memorialista, secretario de certificaciones y misivas; y en el mismo
portal, un poco mas adentro, estaban los almacenes de quincalla de un
hermano de dicho memorialista, que habia venido de Ocafia a la Corte
para _hacer carrera_ en el comercio. Constaba su tienda de tres
menguados cajoncillos, en que habia algunos paquetes de peines, unas
cuantas cajas de obleas, juguetes de chicos y un gran manojo de rosarios
con cruces y medallones de estano.
La parte de la izquierda, y especialmente el rincon contiguo a la
puerta, era un lugar en que el publico ejercia un incontestable derecho
de servidumbre. Era un centro urinario: la secrecion publica habia
trocado aquel rincon en foco de inmundicia, y especialmente por las
noches la ofrenda liquida aumentaba de tal modo, que el escribiente y su
hermano hacian proposito firme de abandonar el local. En vano se
amonestaba al publico con terribles pragmaticas de policia urbana,
promulgadas por la autorizada voz del memorialista. El publico no
renunciaba por esto a su costumbre, y de seguro lo habrian pasado mal
los dos hermanos si hubieran tratado de impedir por la fuerza la
libertad mingitoria, autorizada por un derecho consuetudinario que,
segun la feliz expresion de un parroquiano de aquel sitio, radicaba en
la naturaleza del hombre y en la hospitalidad forzosa del vecindario.
Enfrente de este portal clasico habia una puertecilla, y por los dos
yelmos de Mambrino, labrados en finisimo metal del Alcaraz y
suspendidos a un lado y otro, se venia en conocimiento de que aquello
era una barberia. Por mucho de notable que tuviera el exterior de este
establecimiento, con su puerta verde, sus cortinas blancas, su redoma de
sanguijuelas, su cartel de letras rojas, adornado con dos vinetas dignas
de Maella, que representaban la una un individuo en el momento de ser
afeitado, y la otra una dama a quien sangraban en un pie, mucho mas
notable era su interior. Tres mozos, capitaneados por el maestro
Calleja, rapaban semanalmente las barbas de un centenar de liberales de
los mas recalcitrantes. Alli se discutia, se hablaba del Rey, de las
Cortes, del Congreso de Verona, de la _Santa Alianza_. Oiriais alli la
peroracion contundente del oficial primero y mas antiguo, mozo que se
decia pariente de Poilier, el martir de la libertad. Al compas de la
navaja se recitaban versos amenizados con agudezas politicas; y las
voces _camarilla, coletilla, tragala, Elio, la Bisbal, Vinuesa_,
formaban el fondo de la conversacion. Pero lo mas notable de la barberia
mas notable de Madrid, era su dueno, Gaspar Calleja (se habia quitado el
Don despues de 1820), heroe de la revolucion, y uno de los mayores
enemigos que tuvo Fernando el ano 14. Asi lo decia el.
Mas lejos estaba la tienda de generos de unos irlandeses establecidos
aqui desde el siglo pasado. Vendian, juntamente con el raso y el
organdi, encajes flamencos y catalanes, alepin para chalecos, ante para
pantalones, corbatas de color de las llamadas _guirindolas_, y
_carrikes_ de cuatro cuellos, que estaban entonces en moda. El patron
era un irlandes gordo y suculento, de cara encendida, lustrosa y redonda
como un queso de Flandes. Tenia fama de ser un servilon de a folio,
pero, si esto era cierto, las circunstancias constitucionales del pais,
y especialmente de la Carrera de San Jeronimo, le obligaban a
disimularlo. Fundabanse los que tan feo vicio imputaban al irlandes, en
que cuando pasaba por la calle la Majestad de Fernando o Amalia, la
Alteza de _mi tio el doctor_ o de don Carlos, el buen comerciante dejaba
apresuradamente su vara y su escritorio para correr a la puerta,
asomandose con ansiedad y mirando la real comitiva con muestras de
ternura y adhesion. Pero esto pasaba, y el irlandes volvia a su habitual
tarea, haciendo todas las protestas que sus amigos le exigian.
Cerca de la tienda del irlandes se abria la puerta de una libreria, en
cuyo mezquino escaparate se mostraban abierto por su primera hoja
algunos libros, tales como la _Historia de Espana_, por Duchesne; las
novelas de Voltaire, traducidas por autor anonimo; _Las noches_ de
Young; el _Viajador sensible_, y la novela de _Arturo y Arabella_, que
gozaba de gran popularidad en aquella epoca. Algunas obras de Montiano,
Porcell, Arriaza, Olavide, Feijoo, un tratado del lenguaje de las flores
y la _Guia del comadron_, completaban el repertorio.
Al lado, y como formando juego con este templo literario, estaba una
tienda de perfumeria y de bisuteria con algunos objetos de caza, de
tocador y de encina, que todo esto formaban comercio comun en aquellos
dias. Por entre los botes de pomadas y cosmeticos; por entre las cajas
de alfileres y juguetes, se descubria el perfil arqueologico de una
vieja que era ama, dependiente y aun fabricante de algunas drogas. Mas
alla habia otra tienda obscura, estrecha y casi subterranea en que se
vendian papel, tinta y cosas de escritorio, amen de algun braguero u
otro aparato ortopedico de singular forma. En la puerta pendia colgado
de una espetera un manojo de plumas de ganso, y en lo mas profundo y mas
lobrego de la tienda lucian como los ojos de un lechuzo en el recinto de
una caverna, los dos espejuelos resplandecientes de don Anatalio Mas,
gran jefe de aquel gran comercio.
Enfrente habia una tienda de comestibles; pero de comestibles
aristocraticos. Existia alli un horno celebre, que asaba por Navidades
mas de cuatrocientos pavos de distintos calibres. Las empanadas de
perdices y de liebres no tenia rival; sus pasteles eran celeberrimos,
y nada igualaba a los lechoncillos asados que salian de aquel gran
laboratorio. En dias de convite, de cumpleanos o de boda, no encargar
los principales platos a casa de _Perico el Mahones_ (asi le
llamaban), hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor se
vendian en la tienda: rosquillas, bizcochos, galletas de Inglaterra y
mantecadas de Astorga.
No lejos de esta tienda se hallaban las sedas, los hilos, los algodones,
las lanas, las madejas y cintas de dona Ambrosia (antes de 1820 la
llamaban la tia Ambrosia), respetable matrona, comerciante en hilado: el
exterior de su tienda parecia la boca escenica de un teatro de aldea.
Por aqui colgaba a guisa de pendon, una pieza de lanilla encarnada; por
alli un cenidor de majo; mas alla ostentaba una madeja sus innumerables
hilos blancos, semejando los pistilos de gigantesca flor; de lo alto
pendia algun camisolin, infantiles trajes de mameluco, cenefas de
percal, sartas de panuelos, refajos y colgaduras. Encima de todo esto,
una larga tabla en figura de media, pintada de negro, fija en la muralla
y perpendicular a ella, servia de muestra principal. En el interior todo
era armonia y buen gusto; en el tripode del centro tenian poderoso
cimiento las caderas de dona Ambrosia, y mas arriba se ostentaba el
pecho ciclopeo y corpulento busto de la misma. Era espanola rancia,
manchega y natural de Quintanar de la Orden, por mas senas; senora de
muy nobles y cristianos sentimientos. Respecto a sus ideas politicas,
cosa esencial entonces, baste decir que quedo resuelto despues de
grandes controversias en toda la calle, que era una servilona de lo mas
exagerado.
Estas tiendas, con sus respectivos muestrarios y sus tenderos
respectivos, constituian la decoracion de la calle; habia ademas una
decoracion movible y pintoresca, formada por el gentio que en todas
direcciones cruzaba, como hoy, por aquel sitio. Entonces los trajes eran
singularisimos. ?Quien podria describir hoy la oscilacion de aquellos
puntiagudos faldones de casaca? ?Y aquellos sombreros de felpa con el
ala retorcida y la copa aguda como pilon de azucar? ?Se comprenden hoy
los tremendos sellos de reloj, pesados como badajos de campana, que iban
marcando con impertinente retintin el paso del individuo? Pues ?y las
botas a la _farole_ y las mangas de jamon, que serian el ultimo grado de
la ridiculez, si no existieran los tupes hiperbolicos, que asimilaban
perfectamente la cabeza de un cristiano a la de un guacamayo?
El gremio cocheril exhibia alli tambien sus mas caracteristicos
individuos. Lo menos veinte veces al dia pasaban por esta calle las
carrozas de los grandes que en las inmediaciones vivian. Estas carrozas,
que ya se han sumergido en los obscuros abismos del no ser, se componian
de una especie de navio de linea, colocado sobre una armazon de hierro;
esta armazon se movia con la pausada y solemne revolucion de cuatro
ruedas, que no tenian velocidad mas que para recoger el fango del piso y
arrojarlo sobre la gente de a pie. El vehiculo era un inmenso cajon: los
de los dias gordos estaban adornados con placas de carey. Por lo comun
las paredes de los ordinarios eran de nogal brunido, o de caoba, con
finisimas incrustaciones de marfil o metal blanco. En lo profundo de
aquel antro se veia el nobilisimo perfil de algun procer esclarecido, o
de alguna vieja esclarecidamente fea. Detras de esta maquina, clavados
en pie sobre una tabla, y asidos a pesadas borlas, iban dos grandes
levitones que, en union de dos enormes sombreros, servian para
patentizar la presencia de dos graves lacayos, figuras simbolicas de la
etiqueta, sin alma, sin movimientos y sin vida. En la proa se elevaba el
cochero, que en pesadez y gordura tenia por unicos rivales a las mulas,
aunque estas solian ser mas racionales que el.
Rodaba por otro lado el vehiculo publico, tartana calesa o galera, el
carromato tirado por una reata de bestias escualidas; y entre todo esto
el esportillero con su carga, el mozo con sus cuerdas, el aguador con su
cuba, el prendero con su saco y una pila de seis o siete sombreros en la
cabeza, el ciego con su guitarra y el chispero con su sarten.
Mientras nos detenemos en esta descripcion, los grupos avanzan hacia la
mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada a un
local, que no debe de ser pequeno, pues tiene capacidad para tanta
gente. Aquella es la celebre _Fontana de Oro, cafe y fonda_, segun el
cartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunion de la juventud
ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiracion,
ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y de oir su aplauso
irreflexivo. Alli se habia constituido un club, el mas celebre e
influyente de aquella epoca. Sus oradores, entonces neofitos exaltados
de un nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la politica del pais;
muchos de ellos viven hoy, y no son por cierto tan amantes del bello
principio que entonces predicaban.
Pero no tenemos que considerar lo que muchos de aquellos jovenes fueron
en anos posteriores. Nuestra historia no pasa mas aca de 1821. Entonces
una democracia nacida en los trastornos de la revolucion y alzamiento
nacional, fundaba el moderno criterio politico, que en cincuenta anos se
ha ido dificilmente elaborando. Grandes delirios bastardearon un tanto
los nobles esfuerzos de aquella juventud, que tomo sobre si la gran
tarea de formar y educar la opinion que hasta entonces no existia. Los
clubs, que comenzaron siendo catedras elocuentes y palestra de la
discusion cientifica, salieron del circulo de sus funciones propias
aspirando a dirigir los negocios publicos, a amonestar a los gobiernos e
imponerse a la nacion. En este terreno fue facil que las personalidades
sucedieran a los principios, que se despertaran las ambiciones, y lo que
es peor, que la venalidad, cancer de la politica, corrompiera los
caracteres. Los verdaderos patriotas lucharon mucho tiempo contra esta
invasion. El absolutismo, disfrazado con la mascara de la mas abominable
demagogia, socavo los clubs, los domino y vendiolos al fin. Es que la
juventud de 1820, llena de fe y de valor, fue demasiado credula o
demasiado generosa. O no conocio la falacia de sus supuestos amigos, o
conociendola, creyo posible vencerles con armas nobles, con la
persuasion y la propaganda.
Una sociedad decrepita, pero conservando aun esa tenacidad
incontrastable que distingue a algunos viejos, sostenia encarnizada
guerra con una sociedad lozana y vigorosa llamada a la posesion del
porvenir. En este libro asistiremos a algunos de sus encuentros.
Sigamos nuestra narracion. Los curiosos se paraban ante la _Fontana_;
salian los tenderos a las puertas; el barbero Calleja, que se hacia
llamar _ciudadano Calleja_, estaba tambien en su puerta pasando una
navaja, y contemplando el club y a sus parroquianos con una mirada
presuntuosa, que queria decir: "si yo fuera alla...."
Algunas personas se acercaron a la barberia formando corro alrededor del
maestro. Uno llego muy presuroso, y pregunto:
"?Que hay? ?Ocurre algo?"
Era el recien venido uno de esos individuos de edad indefinible, de esos
que parecen viejos o jovenes, segun la fuerza de la luz o la expresion
que dan al semblante.
Su estatura era pequena, y tenia la cabeza casi inmediatamente adherida
al tronco, sin mas cuello que el necesario para no ser enteramente
jorobado. El abdomen le abultaba bastante, y generalmente cruzaba las
manos sobre el con movimiento de carinosa conservacion. Sus ojos eran
medio cerrados y pequenos, pero muy vivos, formando armoniosa simetria
con sus labios delgados, largos y elasticos, que en los momentos mas
ardorosos de la conversacion avanzaban formando un tubo acustico que
daba a su voz intensidad extraordinaria. A pesar de su traje seglar,
habia en este personaje no se que de frailuno. Su cabeza parecia hecha
pura la redondez del cerquillo, y ancho gaban que envolvia su cuerpo,
mas que gaban, parecia un habito. Tenia la voz muy destemplada y acre;
pero sus movimientos eran sumamente expresivos y vehementes.
Para concluir, diremos que este hombre se llamaba Gil de nombre y
Carrascosa de apellido; educaronle los frailes agustinos de Mostoles, y
ya estaba dispuesto para profesar, cuando se marcho del convento,
dejando a los Padres con tres palmos de boca abierta. A fines de siglo
logro, por amistades palaciegas, que le hicieran abate; mas en 1812
perdio el beneficio, y depuso el capisayo. Desde entonces fue ardiente
liberal hasta la vuelta de Fernando, en que sus relaciones con el
favorito Alagon le proporcionaron un destino de covachuelista con diez
mil reales. Entonces era absolutista decidido; pero la Jura de la
Constitucion por Fernando en 1820 le hizo variar de opiniones hasta el
punto de llegar a alistarse en la sociedad de los _Comuneros_ y formar
pandilla con los mas exaltados. Cuando tengamos ocasion de penetrar en
la vida privada de Carrascosa, sabremos algunos detalles de cierta
aventura con una beldad quintanona de la calle de la Gorguera, y
sabremos tambien los malos ratos que con este motivo le hizo pasar
cierto estudiantillo, poeta clasico, autor de la nunca bien ponderada
tragedia de los Gracos.
"?Pues no ha de ocurrir?--dijo Calleja.--Hoy tenemos sesion
extraordinaria en la _Fontana_. Se trata de pedir al Rey que nombre un
Ministerio exaltado, porque el que esta no nos gusta. Tendremos discurso
de Alcala Galiano.
--Aquel andaluz feo...
--Si, ese mismo. El que el mes pasado dijo: _No haya perdon ni tregua
para los enemigos de la libertad. ?Que quieren esos espiritus obscuros,
esos...?_ Y por aqui seguia con un pico de oro....
--Ya les dara que hacer--observo Carrascosa--iQue elocuencia! iQue
talento el de ese muchacho!
--Pues yo, senor don Gil--manifesto Calleja,--respetando la opinion de
usted, para mi tan competente, dire...."
Y aqui tosio dos veces, emitio un par de grunidos por via de proemio,
y continuo:
"Dire que, aunque admiro como el que mas las dotes del joven Alcala
Galiano, prefiero a Romero Alpuente, porque es mas expresivo, mas
fuerte, mas ... pues. Dice todas las cosas con un arranque ... por
ejemplo, aquello de i_al que quiera hierro, hierro_! y aquello de i_no
buscan los tiranos su apoyo en la vara de la justicia; buscanle en los
maderos del cadalso, en el hombro deshonrado del verdugo_! Si le digo a
usted que es un....
--Pues yo--contesto el ex abate,--aunque admiro tambien a Romero
Alpuente, prefiero a Alcala Galiano, porque es mas exacto, mas
razonador....
--Se engana usted, amigo Carrascosa. No me compare usted a ese hombre
con el mio; que todos los oradores de Espana no llegan al zancajo de
Romero Alpuente. Pues ?y aquel pasaje de los _abajos_? Cuando decia:
i_Abajo los privilegios, abajo lo superfluo, abajo ese lujo que llaman
rey..._! iAh! Si es mucha boca aquella."
Calleja repetia estos trozos de discurso con mucho enfasis y afectacion.
Recordaba la mitad de lo que oia, y al llegar la ocasion comenzaba a
desembuchar aquel arsenal oratorio, mezclandolo todo y haciendo de
distintos fragmentos una homilia substancial y disparatada. Se nos
olvidaba decir que este ciudadano Calleja era un hombre muy corpulento y
obeso; pero aunque parecia hecho expresamente por la Naturaleza para
patentizar los puntos de semejanza que puede haber entre un ser humano y
un toro, su voz era tan clueca, fallida y aternerada, que daba risa
oirle declamar los retazos de discursos que aprendia en la _Fontana_.
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