Book: Don Quijote
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Miguel de Cervantes >> Don Quijote
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-¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? ¡Está bien! Y ¿adónde
íbades ahora?
-Señor, a tomar el aire.
-Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?
-Adonde sopla.
-¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto sois, mancebo; pero haced
cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la
cárcel. ¡Asilde, hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aire
esta noche!
-¡Par Dios -dijo el mozo-, así me haga vuestra merced dormir en la cárcel
como hacerme rey!
-Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel? -respondió Sancho-. ¿No
tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?
-Por más poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-, no será bastante
para hacerme dormir en la cárcel.
-¿Cómo que no? -replicó Sancho-. Llevalde luego donde verá por sus ojos el
desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal
liberalidad; que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un
paso de la cárcel.
-Todo eso es cosa de risa -respondió el mozo-. El caso es que no me harán
dormir en la cárcel cuantos hoy viven.
-Dime, demonio -dijo Sancho-, ¿tienes algún ángel que te saque y que te
quite los grillos que te pienso mandar echar?
-Ahora, señor gobernador -respondió el mozo con muy buen donaire-, estemos
a razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar
a la cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un
calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él
lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y
estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced
bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?
-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con su
intención.
-De modo -dijo Sancho- que no dejaréis de dormir por otra cosa que por
vuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.
-No, señor -dijo el mozo-, ni por pienso.
-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os
dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí
adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os
dé con la burla en los cascos.
Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco
vinieron dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:
-Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea,
que viene vestida en hábito de hombre.
Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un
rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidos
los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil
perlas. Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de
seda encarnada, con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar;
los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de
lo mesmo, suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oro
y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traía espada ceñida,
sino una riquísima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos.
Finalmente, la moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció de cuantos
la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quién
fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sancho
fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía
ordenado por ellos; y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el
caso.
Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle quién era,
adónde iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito.
Ella, puestos los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:
-No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera
secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona
facinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha
hecho romper el decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:
-Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos
empacho pueda decir lo que quisiere.
Mandólo así el gobernador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió
diciendo:
-«Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas
deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.»
-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, señora, porque yo conozco muy
bien a Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y
más, que decís que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas
veces en casa de vuestro padre.
-Ya yo había dado en ello -dijo Sancho.
-Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo -respondió la
doncella-; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que
todos vuesas mercedes deben de conocer.
-Aún eso lleva camino -respondió el mayordomo-, que yo conozco a Diego de
la Llana, y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y
una hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar
que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan
encerrada que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice
que es en estremo hermosa.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, y esa hija soy yo; si la fama
miente o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues me
habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se
llegó al oído del maestresala y le dijo muy paso:
-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo
de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal,
anda fuera de su casa.
-No hay dudar en eso -respondió el maestresala-; y más, que esa sospecha la
confirman sus lágrimas.
Sancho la consoló con las mejores razones que él supo, y le pidió que sin
temor alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procurarían
remediarlo con muchas veras y por todas las vías posibles.
-«Es el caso, señores -respondió ella-, que mi padre me ha tenido encerrada
diez años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa
dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son
calles, plazas, ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un
hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que, por entrar de ordinario
en mi casa, se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío.
Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia,
ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el
mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo no
iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a sí
mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas, y se
representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un año menor que
yo, que me dijese qué cosas eran aquéllas y otras muchas que yo no he
visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era
encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni
tal rogara...»
Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:
-Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido,
que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.
-Pocas me quedan por decir -respondió la doncella-, aunque muchas lágrimas
sí que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo
otros descuentos que los semejantes.
Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y
llegó otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecióle que no eran
lágrimas las que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las
subía de punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su
desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y
de sus suspiros. Desesperábase el gobernador de la tardanza que tenía la
moza en dilatar su historia, y díjole que acabase de tenerlos más
suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre
interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:
-«No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi
hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y que
me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese;
él, importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome este
vestido y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no
tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche,
debe de haber una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiados
de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y
cuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi
hermano me dijo: ''Hermana, ésta debe de ser la ronda: aligera los pies y
pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan, que
nos será mal contado''. Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, no
digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caí, con el
sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia que me trujo ante
vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada ante
tanta gente.»
-¿En efecto, señora -dijo Sancho-, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?
-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver
mundo, que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.
Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los
corchetes con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó
de su hermana. No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco
azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa
adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, según eran
rubios y enrizados. Apartáronse con el gobernador, mayordomo y maestresala,
y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo venía en aquel traje, y
él, con no menos vergüenza y empacho, contó lo mesmo que su hermana había
contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala. Pero el
gobernador les dijo:
-Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar
esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas
lágrimas y suspiros; que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nos
salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo por
curiosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento, y no
gemidicos, y lloramicos, y darle.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, pero sepan vuesas mercedes que
la turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el
término que debía.
-No se ha perdido nada -respondió Sancho-. Vamos, y dejaremos a vuesas
mercedes en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y, de aquí
adelante, no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la
doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina,
por andar se pierden aína; y la que es deseosa de ver, también tiene deseo
de ser vista. No digo más.
El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de
volverlos a su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy
lejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja,
al momento bajó una criada, que los estaba esperando, y les abrió la
puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, así de su gentileza
y hermosura como del deseo que tenían de ver mundo, de noche y sin salir
del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.
Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día
pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría,
por ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos
de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a
su tiempo, dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido
se le podía negar.
Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el
gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se
verá adelante.
Capítulo L. Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que
azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso
que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza
Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera
historia, que al tiempo que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a
la estancia de don Quijote, otra dueña que con ella dormía lo sintió, y
que, como todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, se fue
tras ella, con tanto silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver; y,
así como la dueña la vio entrar en la estancia de don Quijote, porque no
faltase en ella la general costumbre que todas las dueñas tienen de ser
chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su señora la duquesa, de
cómo doña Rodríguez quedaba en el aposento de don Quijote.
La duquesa se lo dijo al duque, y le pidió licencia para que ella y
Altisidora viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don Quijote; el
duque se la dio, y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso,
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que oían
todo lo que dentro hablaban; y, cuando oyó la duquesa que Rodríguez había
echado en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos
Altisidora; y así, llenas de cólera y deseosas de venganza, entraron de
golpe en el aposento, y acrebillaron a don Quijote y vapularon a la dueña
del modo que queda contado; porque las afrentas que van derechas contra la
hermosura y presunción de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la
ira y enciende el deseo de vengarse.
Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho,
y la duquesa, prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir
pasatiempo con don Quijote, despachó al paje que había hecho la figura de
Dulcinea en el concierto de su desencanto -que tenía bien olvidado Sancho
Panza con la ocupación de su gobierno- a Teresa Panza, su mujer, con la
carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos
presentados.
Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo
de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho; y,
antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres,
a quien preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer
llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un
caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en
pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:
-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi señor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.
-Pues venid, doncella -dijo el paje-, y mostradme a vuestra madre, porque
le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió la moza, que mostraba
ser de edad de catorce años, poco más a menos.
Y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse,
que estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del
paje, y dijo:
-Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi
madre en ella, con harta pena por no haber sabido muchos días ha de mi
señor padre.
-Pues yo se las llevo tan buenas -dijo el paje- que tiene que dar bien
gracias a Dios por ellas.
Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha,
y, antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:
-Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aquí un señor que trae cartas
y otras cosas de mi buen padre.
A cuyas voces salió Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con
una saya parda. Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por
vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos.
No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte,
tiesa, nervuda y avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a
caballo, le dijo:
-¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es éste?
-Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza -respondió el paje.
Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a
poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:
-Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer
legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la
ínsula Barataria.
-¡Ay, señor mío, quítese de ahí; no haga eso -respondió Teresa-, que yo no
soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y
mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno!
-Vuesa merced -respondió el paje- es mujer dignísima de un gobernador
archidignísimo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta
y este presente.
Y sacó al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de
oro, y se la echó al cuello y dijo:
-Esta carta es del señor gobernador, y otra que traigo y estos corales son
de mi señora la duquesa, que a vuestra merced me envía.
Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo:
-Que me maten si no anda por aquí nuestro señor amo don Quijote, que debe
de haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le había
prometido.
-Así es la verdad -respondió el paje-: que, por respeto del señor don
Quijote, es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como
se verá por esta carta.
-Léamela vuesa merced, señor gentilhombre -dijo Teresa-, porque, aunque yo
sé hilar, no sé leer migaja.
-Ni yo tampoco -añadió Sanchica-; pero espérenme aquí, que yo iré a llamar
quien la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sansón Carrasco, que
vendrán de muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.
-No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer, y la
leeré.
Y así, se la leyó toda, que, por quedar ya referida, no se pone aquí; y
luego sacó otra de la duquesa, que decía desta manera:
Amiga Teresa:
Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me
movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de
una ínsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un
girifalte, de lo que yo estoy muy contenta, y el duque mi señor, por el
consiguiente; por lo que doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado
en haberle escogido para el tal gobierno; porque quiero que sepa la señora
Teresa que con dificultad se halla un buen gobernador en el mundo, y tal me
haga a mí Dios como Sancho gobierna.
Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con estremos de oro; yo me
holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te
querría ver muerta: tiempo vendrá en que nos conozcamos y nos comuniquemos,
y Dios sabe lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija, y dígale de mi
parte que se apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo
piense.
Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas,
que las estimaré en mucho, por ser de su mano, y escríbame largo,
avisándome de su salud y de su bienestar; y si hubiere menester alguna
cosa, no tiene que hacer más que boquear: que su boca será medida, y Dios
me la guarde. Deste lugar.
Su amiga, que bien la quiere,
La Duquesa.
-¡Ay -dijo Teresa en oyendo la carta-, y qué buena y qué llana y qué
humilde señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las
hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no
las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasía como si
fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar
a una labradora; y veis aquí donde esta buena señora, con ser duquesa, me
llama amiga, y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el
más alto campanario que hay en la Mancha. Y, en lo que toca a las bellotas,
señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín, que por gordas las pueden
venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora, Sanchica, atiende a
que se regale este señor: pon en orden este caballo, y saca de la
caballeriza güevos, y corta tocino adunia, y démosle de comer como a un
príncipe, que las buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara que él
tiene lo merece todo; y, en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las nuevas
de nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que tan
amigos son y han sido de tu padre.
-Sí haré, madre -respondió Sanchica-; pero mire que me ha de dar la mitad
desa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la
había de enviar a ella toda.
-Todo es para ti, hija -respondió Teresa-, pero déjamela traer algunos
días al cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazón.
-También se alegrarán -dijo el paje- cuando vean el lío que viene en este
portamanteo, que es un vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un
día llevó a caza, el cual todo le envía para la señora Sanchica.
-Que me viva él mil años -respondió Sanchica-, y el que lo trae, ni más ni
menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.
Salióse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al
cuello, y iba tañendo en las cartas como si fuera en un pandero; y,
encontrándose acaso con el cura y Sansón Carrasco, comenzó a bailar y a
decir:
-¡A fee que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino
tómese conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!
-¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son
ésos?
-No es otra la locura sino que éstas son cartas de duquesas y de
gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos; las avemarías
y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.
-De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os decís.
-Ahí lo podrán ver ellos -respondió Teresa.
Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y
Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habían
leído; y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas.
Respondió Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían el mensajero,
que era un mancebo como un pino de oro, y que le traía otro presente que
valía más de tanto. Quitóle el cura los corales del cuello, y mirólos y
remirólos, y, certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo, y
dijo:
-Por el hábito que tengo, que no sé qué me diga ni qué me piense de estas
cartas y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos
corales, y por otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de
bellotas.
-¡Aderézame esas medidas! -dijo entonces Carrasco-. Agora bien, vamos a ver
al portador deste pliego, que dél nos informaremos de las dificultades que
se nos ofrecen.
Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un
poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para
empedrarle con güevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno
contentó mucho a los dos; y, después de haberle saludado cortésmente, y él
a ellos, le preguntó Sansón les dijese nuevas así de don Quijote como de
Sancho Panza; que, puesto que habían leído las cartas de Sancho y de la
señora duquesa, todavía estaban confusos y no acababan de atinar qué sería
aquello del gobierno de Sancho, y más de una ínsula, siendo todas o las más
que hay en el mar Mediterráneo de Su Majestad. A lo que el paje respondió:
-De que el señor Sancho Panza sea gobernador, no hay que dudar en ello; de
que sea ínsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que
sea un lugar de más de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo
que mi señora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no -decía él-
enviar a pedir bellotas a una labradora, pero que le acontecía enviar a
pedir un peine prestado a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras
mercedes que las señoras de Aragón, aunque son tan principales, no son tan
puntuosas y levantadas como las señoras castellanas; con más llaneza tratan
con las gentes.
Estando en la mitad destas pláticas, saltó Sanchica con un halda de güevos,
y preguntó al paje:
-Dígame, señor: ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después
que es gobernador?
-No he mirado en ello -respondió el paje-, pero sí debe de traer.
-¡Ay Dios mío -replicó Sanchica-, y que será de ver a mi padre con
pedorreras! ¿No es bueno sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi
padre con calzas atacadas?
-Como con esas cosas le verá vuestra merced si vive -respondió el paje-.
Par Dios, términos lleva de caminar con papahígo, con solos dos meses que
le dure el gobierno.
Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba
socarronamente, pero la fineza de los corales y el vestido de caza que
Sancho enviaba lo deshacía todo; que ya Teresa les había mostrado el
vestido. Y no dejaron de reírse del deseo de Sanchica, y más cuando Teresa
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